HBO no inventó la televisión de calidad. La televisión de calidad existía antes: Hill Street Blues en los 80, Twin Peaks al principio de los 90. Lo que HBO hizo fue otra cosa: demostrar que la televisión podía ser sistemáticamente adulta, sistemáticamente ambiciosa y sistemáticamente mejor que el cine promedio de Hollywood. No de vez en cuando. Todo el tiempo.
La frase que se asocia con el canal —"It's not TV, it's HBO"— era su slogan, pero también era una declaración de intenciones. Desde 1999 hasta hoy, HBO construyó una filmografía de series que en otro contexto histórico se habrían llamado novelas visuales. Esta guía recorre las 16 más importantes: las que cambiaron el lenguaje de la televisión, las que ganaron Emmys y debates culturales, las que crearon antihéroes que todavía hablamos.
Las pioneras (1999–2004)
Los Soprano (1999) de David Chase es el punto de origen de todo lo que vino después. Tony Soprano es el jefe de una familia criminal de New Jersey que también va al psicólogo porque le dan ataques de pánico. Chase tomó el mafioso como tipo clásico del cine americano —Coppola, Scorsese— y lo puso en terapia. El resultado fue el primer antihéroe televisivo moderno: un hombre que amamos y odiamos en el mismo episodio, que puede ser tierno con su hija y brutal con sus enemigos en la misma tarde. James Gandolfini construyó una de las actuaciones más complejas de la historia de la televisión. La serie duró seis temporadas y terminó con uno de los finales más discutidos en la historia del medio.
Six Feet Under (2001) de Alan Ball es la más subestimada de esta lista. La familia Fisher dirige una funeraria en Los Ángeles. Cada episodio empieza con una muerte —un extraño que no conocemos— y el resto sigue a los Fisher procesando esa muerte y las suyas propias. Es la única serie que usó la muerte como marco narrativo durante cinco temporadas sin volverse macabra ni condescendiente. El último episodio, que muestra el futuro de cada personaje hasta su muerte propia, es el mejor final de serie que se filmó.
The Wire (2002) de David Simon es la serie más importante de HBO y posiblemente de la televisión americana. En cinco temporadas, Simon analizó Baltimore desde el tráfico de drogas (temporada 1), el puerto y los sindicatos (2), el sistema político (3), el sistema educativo (4) y el periodismo (5). No hay protagonista: hay un sistema. No hay villanos ni héroes: hay personas atrapadas en estructuras que las superan. La temporada 4, ambientada en una escuela media, es el mejor argumento que se hizo en televisión sobre por qué los sistemas educativos fallan a los chicos más vulnerables.
Band of Brothers (2001) de Steven Spielberg y Tom Hanks es la única producción de esta lista que no es exactamente una "serie" en el sentido contemporáneo: es una miniserie de diez episodios basada en el libro de Stephen Ambrose sobre la Easy Company del 506th Parachute Infantry Regiment durante la Segunda Guerra Mundial. El nivel de detalle histórico, la calidad de la producción y la actuación coral (con un elenco que incluye a Damian Lewis, Ron Livingston y David Schwimmer) la convierten en la mejor guerra filmada para la televisión. Spielberg y Hanks volvieron a intentarlo con The Pacific (2010) con menos éxito.
Las pioneras (1999–2004)
El boom de los 2010
Después de los años de Los Soprano y The Wire, HBO entró en un período de incertidumbre. Deadwood terminó sin final real. The Pacific defraudó. Hubo fracasos. Y después llegó el fantasy.
Game of Thrones (2011) de David Benioff y D.B. Weiss es la serie que cambió la televisión para el resto del mundo, no solo para los Estados Unidos. Basada en la saga Canción de hielo y fuego de George R.R. Martin, construyó durante cuatro temporadas el relato épico más ambicioso de la historia de la televisión: un mundo con su propia historia, geografía, idiomas, religiones y lógica política, protagonizado por decenas de personajes con motivaciones genuinamente complejas. El "Red Wedding" del tercer capítulo de la temporada 3 es el momento televisivo más discutido de la década. Las últimas dos temporadas —escritas sin el material base de Martin— son un colapso narrativo que generó su propio debate cultural. Pero incluso con ese final, las primeras cuatro temporadas justifican la canonización.
True Detective (temporada 1, 2014) de Nic Pizzolatto y dirigida por Cary Joji Fukunaga es ocho episodios perfectos. Un detective cínico y nihilista (Matthew McConaughey) y un detective más convencional (Woody Harrelson) investigan un crimen ritual en Louisiana durante diecisiete años. Es un noir filosófico que usa la investigación criminal como excusa para un debate sobre el tiempo, la conciencia y el sentido de la existencia. McConaughey da la mejor actuación de su carrera —lo que es decir mucho dado el McConaissance— y el final del séptimo episodio, con el plano-secuencia de seis minutos, es técnicamente uno de los momentos televisivos más impresionantes que se filmaron. Las siguientes temporadas de True Detective son independientes; ninguna alcanza la primera.
Westworld (temporada 1, 2016) de Jonathan Nolan y Lisa Joy es una de las pocas series que logró que el público viera dos niveles simultáneamente durante toda la temporada sin darse cuenta. En un parque de atracciones donde los turistas interactúan con robots humanoides, los robots empiezan a desarrollar conciencia. La primera temporada es un ejercicio de narrativa no lineal que la mayoría del público no decodificó completamente hasta el último episodio. La segunda temporada fue más divisiva. La tercera ya fue demasiado.
El boom de los 2010
La era del prestige TV reciente (2018–2021)
El término "prestige TV" —televisión de prestigio— describe un tipo de producción que compite con el cine en términos de dirección, actuación, guion y producción visual. HBO consolidó el concepto durante este período con una cantidad de series de primer nivel que ningún otro canal igualó.
Succession (2018) de Jesse Armstrong es la mejor comedia trágica de los últimos diez años, aunque nadie la llame comedia. Los hijos del magnate mediático Logan Roy compiten por el control del imperio familiar mientras Roy todavía vive y los desprecia a todos. Armstrong —que trabajó en The Thick of It con Armando Iannucci— escribe diálogos que son insultos elaborados disfrazados de estrategia corporativa. El casting es perfecto: Brian Cox como Logan Roy es una de las actuaciones de la televisión contemporánea que más va a perdurar. La cuarta temporada —la última— tiene el mejor episodio de la serie en su penúltimo capítulo.
Chernobyl (2019) de Craig Mazin es la miniserie mejor escrita de la televisión reciente. Cinco episodios sobre el accidente de la planta nuclear de Chernobyl en 1986 y las semanas que siguieron. Mazin investigó durante años y convirtió la investigación en algo que funciona como thriller de procedimiento y como tragedia griega al mismo tiempo. Lo que hace única a la serie es que no dramatiza el accidente en sí sino la burocracia soviética que lo causó y las respuestas institucionales que lo agravaron. Jared Harris, Stellan Skarsgård y Emily Watson construyen personajes que en ningún momento se sienten tipos simbólicos.
Watchmen (2019) de Damon Lindelof es la adaptación más audaz de un material de superhéroes en cualquier formato. No es una nueva versión del cómic de Alan Moore y Dave Gibbons: es una continuación que usa los superhéroes como lente para analizar el racismo sistémico en los Estados Unidos, partiendo de la masacre de Tulsa de 1921. Regina King ganó el Emmy y lo mereció. La serie tiene solo una temporada y terminó sin continuación —algo que Lindelof pidió específicamente.
Barry (2018) de Bill Hader es la más sorprendente de este período. Un asesino a sueldo de Ohio llega a Los Ángeles para matar a alguien y termina en una clase de actuación. Lo que empieza como una comedia negra sobre un hombre que quiere reinventarse se convierte, temporada a temporada, en algo más oscuro y más raro. Bill Hader dirige, actúa y escribe. La cuarta temporada —la última— es completamente diferente en tono a las anteriores y genera debate, lo cual es en sí mismo un mérito.
The White Lotus (temporada 1, 2021) de Mike White es la serie más precisa sobre el turismo y la clase social que se filmó. Los huéspedes de un resort de lujo en Hawaii y el personal que los atiende durante una semana. White construye retratos de la privilegiada clase alta americana con una mezcla de compasión y crueldad que recuerda a Todd Solondz o a Ruben Östlund. Jennifer Coolidge ganó el Emmy de la temporada 2 (ambientada en Sicilia) pero la primera temporada es más precisa y más incómoda.
Mare of Easttown (2021) de Brad Ingelsby es el mejor whodunit de la televisión reciente. Una detective de pueblo en Pennsylvania (Kate Winslet) investiga el asesinato de una adolescente mientras su propia vida personal se deshace. Winslet —productora y protagonista— construye un personaje con un nivel de detalle costumbrista que no tiene precedente en el género. El sonido que hace masticando en el primer episodio fue el objeto de un debate cultural. La resolución del caso es honesta y justa. Es la miniserie de la que uno quisiera más episodios pero que también entiende perfectamente cuándo terminar.
Euphoria (2019) de Sam Levinson es la más divisiva de esta lista. Rue Bennett (Zendaya) es una adolescente con adicción a los opiáceos que narra su propia historia con una honestidad que no tiene equivalente en la televisión de adolescentes. La serie tiene momentos de brillantez visual —hay episodios que parecen videoclips de tres millones de dólares— y momentos de manipulación emocional cuestionable. Zendaya ganó el Emmy dos veces, y en el episodio del "tree talk" en la primera temporada justificó ambos. La segunda temporada fue más errática.
Prestige TV reciente (2018–2021)
Lo más reciente
House of the Dragon (2022) de Ryan Condal es Game of Thrones con mejores escritores en las primeras temporadas. La precuela sobre los Targaryen y la guerra civil conocida como la Danza de Dragones tiene el privilegio de trabajar con material de Martin directamente —el libro Fuego y Sangre— y el tiempo de construir sin la urgencia que destruyó el final de GOT. La primera temporada tiene el salto temporal más bien manejado de la televisión reciente: los personajes envejecen, los actores cambian, y la narrativa sostiene la continuidad emocional de relaciones que se desarrollan durante décadas.
The Last of Us (2023) de Craig Mazin y Neil Druckmann es la mejor adaptación de un videojuego que se filmó en cualquier formato. Mazin —que ya había demostrado con Chernobyl que sabe escribir sobre desastres— trabajó directamente con Druckmann, el creador del juego, para traducir la historia del contrabandista Joel y la adolescente Ellie en un mundo postapocalíptico a un formato que no depende de la interactividad para funcionar. El tercer episodio, protagonizado por Nick Offerman y Murray Bartlett, ganó el Emmy al Mejor Episodio del año y es uno de los mejores episodios de televisión de la última década independientemente del contexto.
Lo más reciente (2022–2023)
Por qué HBO importa
La televisión no iba a ser mejor por sí sola. Necesitó que alguien decidiera que podía serlo. HBO tomó esa decisión en 1999 con Los Soprano y la reafirmó durante veinticinco años. Lo que construyó en ese tiempo es una filmografía que compite con cualquier estudio de cine del siglo XX en términos de alcance, ambición y relevancia cultural.
El modelo de HBO —pocas series, muy cuidadas, sin publicidad, con libertad creativa real— influyó en todo lo que vino después. Netflix, Amazon, Apple, Disney+: todos intentaron replicar el modelo con distintos resultados. Ninguno llegó a la consistencia que tuvo HBO en su período más prolífico.
La pregunta que queda abierta es si ese período terminó. La fusión con Warner Bros. Discovery cambió la dirección creativa del canal. The Idol fue una catástrofe. Hay cancelaciones apresuradas que destruyeron proyectos prometedores. Pero The Last of Us y House of the Dragon sugieren que algo del ADN original todavía está ahí. El tiempo dirá si es suficiente.
