La ciencia ficción no imagina el futuro. Imagina el presente con otra ropa. Cada gran película del género es un mapa de las ansiedades de su época: el miedo al progreso tecnológico, la desconfianza hacia el poder, la pregunta sobre qué hace humano a un ser humano. Fritz Lang lo entendió en 1927 y Denis Villeneuve lo sigue entendiendo cien años después.
Esta guía recorre 17 películas en orden cronológico, no como ejercicio de historia del cine sino como trazado de un argumento: la ciencia ficción evolucionó junto con el mundo que la produjo, y leer esa evolución es leer el siglo XX y el siglo XXI al mismo tiempo.
Los pioneros: cuando el futuro se veía en blanco y negro
Metrópolis (1927) de Fritz Lang tiene 100 años y sigue siendo la película de ciencia ficción más influyente que se filmó. Un científico construye un robot con forma de mujer para reemplazar a una líder obrera. La ciudad del futuro está dividida en dos: arriba los privilegiados, abajo los trabajadores. Lang filmó esto en la Alemania de Weimar, mientras el nazismo crecía, y lo que creó es una alegoría tan directa que el tiempo no la opacó. Cada película de robots, cada distopía corporativa, cada historia sobre trabajadores alienados que se rebelan tiene raíces en Metrópolis. La restauración de 2010, que recuperó metraje perdido durante décadas, la devolvió a su forma original de más de dos horas. Es imprescindible.
2001: Odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick es la película más ambiciosa de la historia del género y posiblemente del cine en general. Un monolito de origen desconocido conecta la evolución de los primates con una misión a Júpiter en la que la computadora HAL 9000 decide que los astronautas son el problema. Kubrick filmó todo esto sin explicar nada: el monolito nunca se explica, el viaje final de Bowman no se explica, el cuarto victoriano no se explica. Es la única película de ciencia ficción que funciona como experiencia pura antes que como narrativa. Cuando se estrenó, hubo críticos que la odiaron. La audiencia la adoptó de inmediato. El tiempo le dio la razón a la audiencia.
Solaris (1972) de Andrei Tarkovsky es el contrapunto filosófico de todo el cine espacial americano. Un psicólogo llega a una estación espacial orbitando el planeta Solaris y empieza a ver manifestaciones de personas de su pasado producidas por el planeta mismo. No hay acción. No hay enemigos. Hay preguntas sobre la memoria, la culpa, lo que significa conocer a otra persona y lo que significa conocerse a uno mismo. Es lenta, deliberada y extraordinaria. La remake de Steven Soderbergh (2002) es respetable pero innecesaria.
Los pioneros (1927–1972)
El cine sci-fi se vuelve blockbuster
En 1977 algo cambió para siempre. El género pasó de ser cine de autor europeo o pulp de serie B americano a convertirse en el espectáculo más popular del planeta.
Star Wars (1977) de George Lucas lo hizo todo diferente. No porque sea la película más inteligente del género —claramente no lo es— sino porque demostró que la ciencia ficción podía ser mitología popular a escala global. Lucas tomó el viaje del héroe de Joseph Campbell, lo ambientó en una galaxia muy, muy lejana y creó una franquicia que todavía existe. La primera película —lo que después se llamó Episodio IV— tiene un ritmo narrativo impecable y una claridad de propósito que las secuelas nunca volvieron a alcanzar. Lo que importa en términos históricos es que después de Star Wars los estudios de Hollywood entendieron que la ciencia ficción era negocio serio.
Alien (1979) de Ridley Scott es el contrapunto oscuro de Star Wars. El espacio no es un lugar de aventura ni de esperanza: es un lugar hostil, frío, donde una corporación manda a una tripulación a una misión que no les explicaron completamente. La criatura diseñada por H.R. Giger es la criatura más aterradora de la historia del cine fantástico, no por su apariencia sino por lo que representa: algo completamente ajeno a cualquier concepto humano de vida. Sigourney Weaver como Ellen Ripley cambió para siempre lo que el cine de ciencia ficción podía hacer con sus personajes femeninos.
La revolución de 1977-1979
1982: el año dorado
Hay años que concentran una cantidad anormal de obras maestras. 1982 fue el año más importante en la historia del cine de ciencia ficción, con tres películas que llegaron al mismo tiempo desde ángulos completamente opuestos.
Blade Runner (1982) de Ridley Scott es la película de ciencia ficción más influyente desde Metrópolis. Un detective caza replicantes —androides casi indistinguibles de los humanos— en un Los Ángeles de 2019 que se ve exactamente como lo que es: un futuro diseñado a partir de las ansiedades de 1982. La pregunta central de la película —¿qué hace humano a un ser humano?— se formula en cada plano y en ningún momento se responde del todo. Harrison Ford, Philip K. Dick, el diseño de producción de Lawrence G. Paull, la música de Vangelis: todo converge en algo que trasciende el género. Existen siete versiones del corte final; el Final Cut de 2007 es el que hay que ver.
E.T. el Extraterrestre (1982) de Steven Spielberg es el otro lado del espectro: el alienígena como posibilidad de amistad, de maravilla, de conexión pura. Un niño de 10 años encuentra a un extraterrestre varado en la Tierra y trata de ayudarlo a volver a casa. Es la película más emotiva de Spielberg y una de las más emotivas de la historia del cine, hecha con una precisión técnica extraordinaria. La escena de las bicicletas frente a la luna es una de las imágenes más reconocibles de la historia del cine popular.
La Cosa (1982) de John Carpenter completa el triángulo. Si Blade Runner pregunta qué hace humano a un ser humano y E.T. responde con optimismo, The Thing responde con terror: no podemos saber quién es humano porque la diferencia no es visible. Un organismo extraterrestre puede imitar perfectamente a cualquier ser vivo. El grupo de investigadores en la Antártida no puede confiar en nadie. La paranoia es la única respuesta racional. Carpenter filmó esto con efectos prácticos que siguen siendo impresionantes cuarenta años después.
1982: el año dorado
La revolución digital: 1999
The Matrix (1999) de Lana y Lilly Wachowski llegó en el momento exacto en que Internet empezaba a cambiar todo y lo convirtió en ciencia ficción filosófica. Un programador descubre que la realidad que percibe es una simulación computarizada y que hay máquinas que explotan la energía de los cuerpos humanos para alimentarse. Las Wachowski tomaron ideas de Baudrillard, del budismo, del gnosticismo, del cyberpunk de William Gibson y los empaquetaron en una película de acción con bullet time y Trinity volando en el aire. El éxito de The Matrix no se explicó solo por las escenas de acción: se explicó porque llegó con una pregunta que la audiencia ya se estaba haciendo —¿qué es real?— y la formuló de una manera que nunca se había visto.
La revolución de 1999
La era contemporánea: amplitud y ambición
El siglo XXI produjo una generación de películas de ciencia ficción más diversa en origen, más ambiciosa en alcance y más consciente de sus precursores que cualquier época anterior.
Avatar (2009) de James Cameron hizo al visual effects lo que Star Wars hizo en 1977: demostró que el cine podía mostrar algo que nunca se había visto. El 3D y el motion capture de Avatar son una revolución técnica en el mismo sentido estricto en que lo fueron el sonido, el color y el CinemaScope. La película en sí —colonialismo visto desde el punto de vista de los colonizados, con alienígenas de piel azul como metáfora de pueblos indígenas— es más directa narrativamente de lo que sus detractores admiten. La mayor hazaña de Cameron es haber mantenido el interés durante casi tres horas de mundo completamente construido por computadora.
Sector 9 (2009) de Neill Blomkamp llegó el mismo año con un presupuesto de 30 millones de dólares —una fracción del de Avatar— y una pregunta política igualmente directa: ¿qué pasa cuando las víctimas del apartheid son insectos humanoides que llegaron desde el espacio? Rodada en Johannesburgo con una estética documental que hace que todo parezca real, es la película de ciencia ficción política más efectiva de los últimos veinte años.
Inception (2010) de Christopher Nolan convirtió la arquitectura de los sueños en un heist movie. Un equipo de especialistas irrumpe en el inconsciente de un magnate para implantar una idea. Nolan construye un sistema de reglas preciso para un mundo completamente inventado —sueños dentro de sueños, cada capa con su propia física— y lo sostiene durante dos horas y media sin que el espectador pierda el hilo. Es la película técnicamente más intrincada de Nolan, lo cual es decir mucho.
Ex Machina (2015) de Alex Garland es la más filosófica de la era contemporánea. Un programador es invitado a administrar el test de Turing a una IA de nombre Ava. La película es básicamente una obra de tres personajes en una habitación y es más aterradora que cualquier película de monstruos del año. La pregunta no es si Ava es consciente —la película asume que sí— sino qué significa para nosotros relacionarnos con algo consciente que es completamente diferente. Alicia Vikander ganó el Oscar al año siguiente por The Danish Girl pero su Ava es la actuación que va a perdurar.
Mad Max: Furia en el Camino (2015) de George Miller es la película de acción más perfectamente coreografiada de los últimos treinta años. En un desierto postapocalíptico, Furiosa (Charlize Theron) ayuda a escapar a un grupo de mujeres esclavizadas por el dictador Immortan Joe. Lo que suena como un thriller de carretera es en realidad un argumento feminista de dos horas de duración filmado a 120 km/h. Miller hizo la mayor parte de las secuencias de acción con efectos prácticos. La música de Junkie XL es una sinfonía de violencia y esperanza.
La Llegada (2016) de Denis Villeneuve es la mejor película de ciencia ficción de la década 2010. Cuando naves alienígenas aterrizan en doce puntos del planeta, una lingüista es convocada para intentar comunicarse con ellos. Lo que empieza como un thriller de primer contacto se convierte en una meditación sobre el lenguaje, el tiempo y el amor. Basada en el cuento de Ted Chiang, la película tiene un giro que recontextualiza todo lo que viste y que no funciona como truco sino como revelación genuina. Es la película que mejor entiende qué puede hacer el cine de ciencia ficción cuando no está tratando de asustarte ni de maravillarte sino de hacerte sentir algo verdadero.
Dune: Parte Uno (2021) y Dune: Parte Dos (2024) son el proyecto más ambicioso del cine de ciencia ficción de los últimos veinte años. La novela de Frank Herbert (1965) fue considerada durante décadas inadaptable —la adaptación de David Lynch en 1984 es un desastre con momentos interesantes— y Villeneuve la dividió en dos películas de un rigor visual y narrativo sin concesiones. El universo de Arrakis —el desierto, los gusanos de arena, la Hermandad, el mesianismo de Paul Atreides— se construye con la paciencia de alguien que sabe que tiene tiempo. La segunda parte es superior a la primera, y el arco completo de las dos películas es uno de los logros más completos del cine de género contemporáneo.
La era contemporánea (2009–2024)
Hacia dónde va el género
La ciencia ficción siempre fue el género que mejor predijo el presente. Metrópolis predijo las megaciudades y la segregación de clase. Blade Runner predijo la vigilancia urbana y el control corporativo. The Matrix predijo la ansiedad sobre lo real y lo virtual. En este momento, el género está procesando tres cosas: la inteligencia artificial (Ex Machina fue temprana, pero el tema va a dominar la próxima década), el colapso climático (ya presente en Mad Max, Arrival, Dune) y la pregunta sobre si las estructuras de poder que conocemos son sostenibles.
Lo que diferencia a las mejores películas de esta lista de las peores del género es que no usan el futuro como decorado: lo usan como espejo. El futuro que muestran siempre dice algo sobre el presente en que se filman. Eso, y no la tecnología ni los efectos especiales, es lo que hace grande a la ciencia ficción.
