Un director de cine no es un técnico que ejecuta un guion. Es alguien que construye un mundo propio, con reglas propias, con una mirada sobre la vida humana que no puede ser reemplazada por ninguna otra. Los quince directores de esta guía tienen eso: una voz tan reconocible que podés identificar su cine en diez segundos de cualquier película, sin ver los créditos, sin conocer el título.
Están ordenados cronológicamente por año de nacimiento. Cada uno tiene su película más representativa —no necesariamente la "mejor" en sentido técnico, sino la que mejor concentra lo que los hace únicos.
Alfred Hitchcock (1899–1980)
Hitchcock inventó el thriller psicológico moderno y después pasó cincuenta años perfeccionándolo. Su obra maestra es indiscutida: Psicosis (1960) rompió todos los contratos implícitos que el cine tenía con su audiencia. Matar a la protagonista en el primer acto, construir la tensión no con lo que ocurre sino con lo que el espectador sabe que va a ocurrir, usar la música de Bernard Herrmann como instrumento de terror puro. Hitchcock entendió que el miedo más efectivo no es el del monstruo sino el de la mente humana que no puede confiar en lo que percibe.
Akira Kurosawa (1910–1998)
Nadie en la historia del cine entendió mejor la síntesis entre Oriente y Occidente que Kurosawa. Sus películas son formalmente perfectas —el uso del teleobjetivo, del movimiento de cámara, de la lluvia como metáfora— y narrativamente universales. Los siete samuráis (1954) es la madre de todos los ensemble films de acción, copiada directamente por Los siete magníficos y citada en prácticamente cada película de grupo desde entonces. Pero lo que la hace grande no es la acción: es el estudio de siete caracteres completamente distintos que encuentran un propósito común.
Federico Fellini (1920–1993)
Fellini es el director que mejor capturó la vida como espectáculo: el circo, el carnaval, la memoria que se disuelve en fantasía. 8½ (1963) es su obra más personal y más influyente: un director de cine sin ideas que está rodeado de personas que le exigen ideas, mientras se pierde en ensoñaciones sobre su pasado. Es la película que inventó el cine-dentro-del-cine como lenguaje y que autorizó a todos los directores posteriores a hacer películas sobre sí mismos sin que eso sea un acto de narcisismo sino de honestidad.
Ingmar Bergman (1918–2007)
Bergman filmó la misma pregunta durante cuarenta años: ¿existe Dios, y si no existe, cómo vivimos con eso? El séptimo sello (1957) es su formulación más directa y también la más cinematográfica: un caballero medieval que regresa de las Cruzadas juega al ajedrez con la Muerte mientras la peste arrasa Europa. La imagen del caballero y la Muerte frente al tablero se convirtió en uno de los íconos más reproducidos en la historia del cine, y no por casualidad: condensa en un solo plano toda la pregunta que Bergman pasó su vida explorando.
Stanley Kubrick (1928–1999)
Kubrick es el director más obsesivo de la historia del cine en el sentido literal: controlaba absolutamente todo, desde el guion hasta la distribución, y tardaba años entre película y película porque ningún compromiso le parecía aceptable. 2001: Odisea del espacio (1968) es el resultado más extraordinario de esa obsesión. Una película sobre la evolución humana que comienza con primates y termina con un astronauta transformado en feto cósmico, sin explicar ninguno de esos saltos, confiando en que la experiencia visual es suficiente. Es la única película de ciencia ficción que funciona como meditación filosófica pura.
Steven Spielberg (1946–)
Spielberg inventó el blockbuster de verano y redefinió lo que el entretenimiento masivo podía hacer emocionalmente. Tiburón (1975) es la mejor demostración de su método: un tiburón que casi no aparece en pantalla genera más terror que cualquier monstruo mostrado explícitamente, porque Spielberg entendió que la imaginación del espectador es siempre más poderosa que cualquier efecto especial. También es la película que accidentalmente creó la industria del blockbuster tal como la conocemos.
Martin Scorsese (1942–)
Scorsese es el cronista del crimen americano como tragedia shakespeariana. Nadie filmó la caída de hombres poderosos con más energía ni con más dolor que él. GoodFellas (1990) es su película más perfecta formalmente: narración en primera persona que te convierte en cómplice, cámara que se mueve con la arrogancia de los personajes, una última hora de destrucción total que no te da un segundo para respirar. La escena de la cocina de la madre en la madrugada es uno de los momentos más extrañamente humanizadores de toda su filmografía.
Pedro Almodóvar (1949–)
Almodóvar construyó en cuarenta años el universo cinematográfico más personal del cine en español. Sus películas son sobre mujeres —sus deseos, sus traiciones, sus lealtades— filmadas con una paleta de colores y una intensidad emocional que no tiene equivalente en el cine europeo. Volver (2006) es su película más completa: una historia sobre tres generaciones de mujeres en La Mancha que también es sobre los secretos familiares, la muerte como presencia cotidiana y la capacidad de las mujeres de sobrevivir cualquier cosa que los hombres les hagan. Penélope Cruz en el mejor papel de su carrera.
Quentin Tarantino (1963–)
Tarantino es el director-cinéfilo por excelencia: sus películas son conversaciones con la historia del cine, construidas desde un amor por el género tan sincero que se convierte en arte. Pulp Fiction (1994) rompió la narrativa lineal no por capricho sino para demostrar que la forma de contar una historia es parte del significado. Tres historias entrelazadas sobre la violencia y la redención, escritas con diálogos que suenan como nadie habla en la vida real pero que parecen más reales que el realismo. Travolta y L. Jackson en un restaurante discutiendo hamburguesas es la escena de dos personas armadas más divertida de la historia del cine.
David Fincher (1962–)
Fincher es el maestro del control visual en el cine contemporáneo. Sus películas están filmadas con una precisión casi clínica —la iluminación, el encuadre, el ritmo de montaje— que sirve para construir una atmósfera de paranoia sostenida. Se7en (1995) estableció esa estética: una ciudad siempre lluviosa, siempre oscura, donde dos detectives investigan un asesino serial que usa los siete pecados capitales como plan de obra. La última escena es la más perfecta y más cruel que Fincher filmó, y eso es decir mucho.
Christopher Nolan (1970–)
Nolan construyó una carrera entera sobre una sola pregunta: ¿cómo funciona la mente cuando no puede confiar en su propia percepción? Lo explora en Memento, en The Prestige, en Interstellar, pero el caso más elaborado es Inception (2010): un equipo de especialistas que entra en los sueños de un hombre para plantar una idea. Nolan construye un sistema de reglas para el mundo de los sueños con la meticulosidad de un ingeniero y lo sostiene durante dos horas y media sin que el espectador pierda el hilo. Es la película de ciencia ficción más calculada de su generación.
Wes Anderson (1969–)
Anderson tiene el estilo visual más reconocible del cine contemporáneo: simetría perfecta, paletas pasteles o altamente saturadas, movimientos de cámara horizontales y verticales, y actores que hablan con una cadencia que suena a diálogos escritos por alguien que ama el lenguaje más que la naturalidad. El gran hotel Budapest (2014) es donde todo eso converge mejor: una historia de amor, espionaje y nostalgia contada en múltiples capas temporales, filmada en múltiples formatos de pantalla, protagonizada por Ralph Fiennes en el papel que mejor se adapta a su registro cómico.
Guillermo del Toro (1964–)
Del Toro es el único director de fantasía oscura que puede poner en el mismo plano lo sublime y lo grotesco sin que ninguno de los dos cancele al otro. Sus monstruos no son malignos: son las únicas criaturas honestas en un mundo de humanos que mienten y traicionan. El laberinto del fauno (2006) es su obra maestra: España, 1944, una niña que escapa a un mundo subterráneo de criaturas fantásticas mientras su padrastro fascista lleva a cabo ejecuciones extrajudiciales. La fantasía y la realidad se contaminan mutuamente hasta que ya no sabés cuál es más aterradora.
Denis Villeneuve (1967–)
Villeneuve es el heredero natural de Kubrick en su capacidad de construir mundos visuales totales que funcionan como experiencias antes que como narrativas. Sicario (2015) es su película más contenida y por eso mismo la más perturbadora: una agente del FBI que es reclutada para una operación de la que nadie le explica el alcance real, filmada como un thriller de espionaje que lentamente revela que el Estado es tan criminal como el cartel que dice combatir. La fotografía de Roger Deakins en la secuencia del atardecer en la frontera es uno de los planos más bellos del cine contemporáneo.
Bong Joon-ho (1969–)
Bong Joon-ho es el director que mejor entiende que el género es un instrumento político. Sus películas mezclan thriller, comedia, horror y drama social de una manera que debería ser incoherente y resulta perfectamente natural. Parásitos (2019) es la película más importante de la última década: una familia pobre que se infiltra en la mansión de una familia rica, construida como comedia negra de clases que se convierte en algo completamente distinto en su segunda mitad. Ganó el Oscar a Mejor Película, la Palma de Oro en Cannes y cada uno de esos premios era merecido. Es la película que demostró que el resto del mundo ya no puede ignorar el cine que no habla en inglés.